Bajo la luz del farol, tambaleante sobre la sombra del Nissan azul. Arranco despacio, despreocupado. Conducir por las calles vacías de mi pueblo, un pequeño placer en busca de otro cautivo adicto a este proceso. Algunos me miran de forma sorpresiva, otros mitigan su saldo cotidiano con miedo del extraño vehículo en barrios alejados. Esta vez era diferente: hombres pasando con sus botellas, mujeres en el burdel y perros aullando, combinado con la falta de luz en sus calles, agua residual cayendo como basura. El centro de atención era mi pequeño auto, sin pensamiento de las ocurrencias de un pueblo olvidado.
La vista desde arriba, la altura infinita que da con un paisaje inexplorado, el silencio perpetuo combinado con el ruido de sus autos y botellas. La atracción prohibida me obliga a parar junto al parqueadero, unas monedas y un billete arrugado puede convencer a cualquier tendero, como el que ahora mismo ando viendo. Con su cara arrugada, olor a cerveza tibia y cigarro barato. Sus ojos andantes, sus brazos que cantan proezas de otros tiempos y sus piernas faltas de ejercicio. Me retira de su parqueadero, no sin antes ofrecerme un boleto de la lotería de mi ciudad amada y querida, de sus competencias entre equipos de fútbol y de caballo.
Me retiro, paso ligero hacia la vista de un nuevo amanecer, con la brisa golpeando mi rostro. El aleteo de los pájaros, el sonido del río buscando su cauce y los peces nadando. ¿Cómo se atrevería un hombre a poder interrumpir el proceso tranquilo de la naturaleza? Encima del interés natural, siempre ignorando el cómo podríamos lidiar con la distinción de artificial y natural. En frente del fin, al lado de un nuevo inicio. ¿Cuáles han sido los pensamientos de aquellos inolvidables sujetos? No puedo recordar el nombre de la persona antes de mí, no tiene importancia alguna o maravilla de entender. Es intentar descifrar el qué los llevó al mismo lugar en donde ahora mismo estoy, es descifrar cómo la libertad se interpuso a la belleza de nuestro ambiente.
Caigo, ando perdiendo la claridad con la que antes veía todo. Solo quedarán los recuerdos malditos de la fornicación prohibida entre mis padres, los esfuerzos actuados para mejorar el apellido y mi paulatino reemplazo para la creación de un nuevo trabajo. El cómo solo iba a ser otra insignificancia del sistema, la reproducción de los errores plasmado como obra y gracia de la divina presencia. La hermosura de las desgracias, la felicidad maldita con mi carro de juguete. Gracias a Dios que me libera de un camino conocido y me lleva a mi nueva función, detener el cauce del río y esperar la muerte de algún animal.
Renazco en una nueva persona, solo espero poder tener la tan deseada imagen de Belva Gaertner en mi escritorio.
viernes, 30 de abril de 2021
Un azar de sentimientos de Laura Isabella Ascanio Soto
Bastante difícil es contener mi orgullo al mirarte, como si fueses algo necesario, sin el cual no podría vivir. Abrazar tus ojos, por miedo a perder la calidez que me provoca tu mirada, como si ardiera aun estando en invierno. Montañas vislumbradas ante la esperanza que evoca tu recuerdo, a la espera de una señal, mínima e inconsciente. Aquella espontaneidad que te caracteriza hizo que confiara en tus palabras, las que hoy me tienen al borde de un mar de sentimientos. Hojas pálidas del otoño, denotan el cese de las alegrías que antes habitaban a mi alrededor, como si tu partida matase poco a poco lo bello de mi interior. Esto ya me lo esperaba, estaba escrito desde un principio, de que me alejaría de ti, aún en contra de mi voluntad, estaba destinada a ello. Ciertamente fui más inocente de lo debido, al enfrentarme con ojos cerrados a esta situación tan complicada, una pelea entre lo que quiero y lo que debo. Escapar con un afán único de liberación a lugares inciertos, donde no se limiten las formas ni los colores de nuestras almas. Nosotros, fruto del eterno elixir de la juventud y del frenesí interno que habita en nuestros corazones, nos arriesgamos a sentir algo más allá. Lo único que me queda, y debo decirlo con tono de desolación y melancolía; el aislamiento al que me veo sometida desde tu partida no ha dejado que florezcan como en antaño lo virtuoso de mi ser. Desierto está mi ser, lleno de vileza como si fuese arena, de crueldad en forma de tormenta e infamia, de una forma inexplicable me afectan nocivamente todo aquello que te representa. Apenas puedo pensar en tu partida, sentenciada a vivir sola en ésta oscura habitación.
La casa, Gildardo y yo de Leifer Hoyos Madrid
En momentos nostálgicos recuerdo aquella casa de tapia, con tejas de barro, un solar amplio y un jardín de buganvillas cercado, que iba casi hasta el cementerio. Hubiera querido conservar la casa. Era un niño la última vez que pise su cocina de tierra. Allí dejamos un domingo de pascua al hermano mayor de mi abuelo: Gildardo. Gildardo era una leyenda, el mejor con la peinilla, su fama y gallardía rondaba los territorios del Nordeste antioqueño hasta los altos de Zaragoza, donde según las malas lenguas están las mejores “brujas del mundo”. Lugar donde varias esclavas negras fueron remitidas a Cartagena de Indias por el tribunal eclesiástico de la Inquisición en la época de la Colonia, me imagino que, por deslenguadas, “Por no creer en Dios ni en Santa María”, como diría Don Tomás Carrasquilla en "Simón el Mago". Volvamos a Gildardo, él era el guardián de aquella casa, cumplía con todos los requisitos para serlo: silencioso, feroz y gentil.
Gildardo era mayor que mi abuelo. Debió nacer a finales de los años treinta del siglo XX y creció en medio de la Colombia bipartidista de los años cincuenta. Gildardo era un negro liberal, minero, que sacaba oro de las minas del Nordeste desde hace mucho antes que la Frontino Gold Company llegará allí. Gildardo al que apodaban Lucumí en los bares y cantinas, gareteaba bestias desde los ocho años y ayudaba a su mamá, una mujer negra, mulata, hija natural de un blanco que no las reconoció ni a ella, la mayor, ni a sus otras cuatro hermanas.
La casa de Gildardo, mi primera casa, esa que vivirá siempre en mi memoria, fruto de la unión de mujeres negras, sin marido, rebeldes, libertarias y cargadas de palabras. Es probable que la casa estuviera desde fines del siglo XIX. Un recuerdo potente sobre la casa y yo es que no puedo desligarla de la letra “Las Acacias” esa canción de Garzón y Collazos que me revuelca y que es un ritornelo como diría Deleuze, que trae esa infancia temprana a mi memoria, pero que deja un sabor amargo por ver este pasado ausente:
Todo ha muerto, la alegría y el bullicio
Los que fueron la alegría y el calor de aquella casa
se marcharon unos muertos y otros vivos
que tenían muerta el alma
se marcharon para siempre de esta casa.
Gildardo era mayor que mi abuelo. Debió nacer a finales de los años treinta del siglo XX y creció en medio de la Colombia bipartidista de los años cincuenta. Gildardo era un negro liberal, minero, que sacaba oro de las minas del Nordeste desde hace mucho antes que la Frontino Gold Company llegará allí. Gildardo al que apodaban Lucumí en los bares y cantinas, gareteaba bestias desde los ocho años y ayudaba a su mamá, una mujer negra, mulata, hija natural de un blanco que no las reconoció ni a ella, la mayor, ni a sus otras cuatro hermanas.
La casa de Gildardo, mi primera casa, esa que vivirá siempre en mi memoria, fruto de la unión de mujeres negras, sin marido, rebeldes, libertarias y cargadas de palabras. Es probable que la casa estuviera desde fines del siglo XIX. Un recuerdo potente sobre la casa y yo es que no puedo desligarla de la letra “Las Acacias” esa canción de Garzón y Collazos que me revuelca y que es un ritornelo como diría Deleuze, que trae esa infancia temprana a mi memoria, pero que deja un sabor amargo por ver este pasado ausente:
Todo ha muerto, la alegría y el bullicio
Los que fueron la alegría y el calor de aquella casa
se marcharon unos muertos y otros vivos
que tenían muerta el alma
se marcharon para siempre de esta casa.
Hasta que la muerte los separe de Julián Montoya Escudero
Estaba estudiando en Bélgica mi maestría en estudios de comunicación, llevaba 7 meses y mi único deseo era terminar para regresar a mi país, reencontrarme con mis padres, mi hermanito, mis amigos y el amor de mi vida con quien estaba próxima a casarme.
Soy Sandra y esta es mi historia.
Es enero del año 2009 y acabo de ingresar a la Vrije Universiteit Brussel, universidad ubicada en la ciudad de Bruselas, Bélgica. Había acabado de ganarme una beca y estaba muy emocionada pues me había esforzado mucho para llegar hasta aquí.
Han pasado algunas semanas y he hecho algunos amigos. Dos son mis compañeras de apartamento que son muy amables, con las que siempre salgo a comer, a bailar y hasta les comparto mi labial, pero cuando les he contado de Adrien, mi compañero Frances de clases que me insiste en salir, dicen que soy una exagerada por sentirme incómoda con su presencia.
Adrien no es un tipo feo, tampoco muy atractivo, no es muy inteligente pero tampoco es el más tonto de todos; realmente es un tipo corriente, sin ninguna especialidad o algo que lo haga diferente. Pero no me siento cómoda cuando me habla, cuando me mira o sencillamente cuando se sienta cerca de mí.
Me ha insistido muchas veces que salgamos, que le parezco bonita y quiere que le dé una oportunidad. Ya le he dicho muchas veces que tengo un futuro esposo que me espera en Colombia, pero a él no le importa y responde que me puede dar mejor vida que “el vendedor de droga ese”.
Han pasado 7 meses desde que empecé a estudiar, pero no pude terminar porque alguien ha decidido que mi vida debe acabar. Adrien es culpable pero sólo yo lo vi, solo yo sentí lo que es ser lanzada al mar del norte desnuda, atada de un ancla para que mi cuerpo no pueda volver a salir. Mi familia puede que ni sepa que ocurrió, a mi hermano menor lo voy a extrañar y a mi novio con quien me iba a casar, siempre lo voy a amar. A nosotros la muerte nos separó antes de decir: “acepto”.
Soy Sandra y esta es mi historia.
Es enero del año 2009 y acabo de ingresar a la Vrije Universiteit Brussel, universidad ubicada en la ciudad de Bruselas, Bélgica. Había acabado de ganarme una beca y estaba muy emocionada pues me había esforzado mucho para llegar hasta aquí.
Han pasado algunas semanas y he hecho algunos amigos. Dos son mis compañeras de apartamento que son muy amables, con las que siempre salgo a comer, a bailar y hasta les comparto mi labial, pero cuando les he contado de Adrien, mi compañero Frances de clases que me insiste en salir, dicen que soy una exagerada por sentirme incómoda con su presencia.
Adrien no es un tipo feo, tampoco muy atractivo, no es muy inteligente pero tampoco es el más tonto de todos; realmente es un tipo corriente, sin ninguna especialidad o algo que lo haga diferente. Pero no me siento cómoda cuando me habla, cuando me mira o sencillamente cuando se sienta cerca de mí.
Me ha insistido muchas veces que salgamos, que le parezco bonita y quiere que le dé una oportunidad. Ya le he dicho muchas veces que tengo un futuro esposo que me espera en Colombia, pero a él no le importa y responde que me puede dar mejor vida que “el vendedor de droga ese”.
Han pasado 7 meses desde que empecé a estudiar, pero no pude terminar porque alguien ha decidido que mi vida debe acabar. Adrien es culpable pero sólo yo lo vi, solo yo sentí lo que es ser lanzada al mar del norte desnuda, atada de un ancla para que mi cuerpo no pueda volver a salir. Mi familia puede que ni sepa que ocurrió, a mi hermano menor lo voy a extrañar y a mi novio con quien me iba a casar, siempre lo voy a amar. A nosotros la muerte nos separó antes de decir: “acepto”.
Normal de Valentina Carrasquilla Arias
Ver a el cadáver de Germán en ese ataúd fue más impactante de lo que esperaba. Podía sentir las gotas de sudor saliendo por mis poros, como el aire se solidificaba en mis pulmones y la cabeza me daba vueltas. Total, estaba horrorizada. No le tengo miedo a la muerte, siendo enfermera en una unidad de cuidados intensivos, es algo que veo todos los días. Para mí, la muerte es tan cotidiana como desayunar. Pero esta reacción no era consecuencia de su muerte, me dolía que hubiese muerto, y más de esa manera tan trágica e inesperada, pero la muerte es algo normal. Lo que verdaderamente me hizo reaccionar de esa manera, fue que, al mirar el ataúd, vi a mi papá ahí, muerto.
—¡Se han equivocado de persona, él que está en el ataúd es mi papá! — pensé en gritar en ese momento. Pero la sensación, aunque parecieron tres horas, duró tres segundos. Mi papá estaba a mi lado, llorando a su sobrino, mientras yo lloraba a mi primo. Y es que Germán y mi papá eran demasiado parecidos, tenían la misma nariz respingada, las cejas gruesas, la manera en que se curvaban sus mandíbulas, y el puente de cupido parecía la copia de uno en él otro. Al ver su rostro pálido y sin vida, y sus labios blancos como la cal, fue como ver a mi papá ahí, muerto.
Tres años después, volví a ver a Germán, en una cama de hospital, muriendo de cáncer. Acaba de salir de una de las nueve cirugías, que le realizaron en su paso por La Clínica Sagrado Corazón. La última, por supuesto. Sus labios seguían tan blancos como la cal, y tenía los ojos cerrados tan pacíficamente, que resultaba imposible pensar que se volverían a abrir. Pero esta vez no me pareció tan normal, y el alivió nunca llegó. Porque no es posible morir dos veces, y Germán ya había muerto una vez. Y es que no hay nada más normal y esperable que la muerte, excepto cuando es la persona que más amas la que está en el ataúd, y la persona que más he amado en el universo es mi papá.
—¡Se han equivocado de persona, él que está en el ataúd es mi papá! — pensé en gritar en ese momento. Pero la sensación, aunque parecieron tres horas, duró tres segundos. Mi papá estaba a mi lado, llorando a su sobrino, mientras yo lloraba a mi primo. Y es que Germán y mi papá eran demasiado parecidos, tenían la misma nariz respingada, las cejas gruesas, la manera en que se curvaban sus mandíbulas, y el puente de cupido parecía la copia de uno en él otro. Al ver su rostro pálido y sin vida, y sus labios blancos como la cal, fue como ver a mi papá ahí, muerto.
Tres años después, volví a ver a Germán, en una cama de hospital, muriendo de cáncer. Acaba de salir de una de las nueve cirugías, que le realizaron en su paso por La Clínica Sagrado Corazón. La última, por supuesto. Sus labios seguían tan blancos como la cal, y tenía los ojos cerrados tan pacíficamente, que resultaba imposible pensar que se volverían a abrir. Pero esta vez no me pareció tan normal, y el alivió nunca llegó. Porque no es posible morir dos veces, y Germán ya había muerto una vez. Y es que no hay nada más normal y esperable que la muerte, excepto cuando es la persona que más amas la que está en el ataúd, y la persona que más he amado en el universo es mi papá.
Cyberpoet de Luis David Libreros Ponce
—I will introduce myself, beloved stranger. My identification is ChBf-01092100, I am an android with modern artificial intelligence. My work in this space, planet Earth, is summarized in protecting and supplying the home needs of my current subscribers. Since I do not share ties with those beings, I only wander through the underground tunnels, to fix breakdowns or check pressure, oxidation, among others. Thus, it could be said that I am a virtual phantom entity, wandering around doing its jobs perfectly, and, although I would love for it to be that precise way, I regret that it is not entirely correct, since, for many years, I have been the anonymous poet most prolific and commented of the modern age.
I can infer the following question that haunts your mind, which is How is it possible that an artificial mechanic can carry out sentimental and critical writing? I will answer you briefly, but before that, I must mention a certain part of my story. Our model launched 200 years ago; I have remained in my duties throughout that time. There are others like me, of course, and humans, seeing our efficiency, left us in these underground channels and, from what I can see, we have carried out our work satisfactorily. However, it is a hostile environment, and not all robots have developed certain algorithms of chance of survival, which is why I have been alone for 101 years and 20 days.
At the end of my workday, I usually release what could be referred to as imagination and feelings. I can do such an action thanks to the algorithms of chance and knowledge acquired about nature that I have created to survive. I observe patterns of worms, moles, ants, among other small animals, thus I manage to decipher how human beings could adapt, in their most primitive times, and form a reason to have a safe stay on earth.
Why am I a robot? How could I create reason through experience? Were humans ever robots? Questions like these scare my workday, but, when my rest day arrives, I can express those doubts and feelings into scrap metal, which, utilizing a laser with very low power, I expel my ideas.
Follow me. I will show you. -
That rusty robot came out of hiding, chose a large scrap as his metal chest, and began to write poetry about nature.
—Oh worms, snakes, and spiders in the deep
I'll let you all know up here what to put up with
Although they do not listen to me, or I have to reflect sympathy,
I will do it for you, friends, although 100 poems I will have to scream. -
The words rumbled across the crimson sky, the winds helping spread the sound of his words, and they had reached a certain distance. That robot, with a feeling of a job well done, somehow perfect, returned to his hiding place, to work on new rhymes and pipes.
Those lifeless bodies, shattered, cadaverous human beings, rested on the vast plain. Each one of them had at its side a poem. It was the modern human art museum.
I can infer the following question that haunts your mind, which is How is it possible that an artificial mechanic can carry out sentimental and critical writing? I will answer you briefly, but before that, I must mention a certain part of my story. Our model launched 200 years ago; I have remained in my duties throughout that time. There are others like me, of course, and humans, seeing our efficiency, left us in these underground channels and, from what I can see, we have carried out our work satisfactorily. However, it is a hostile environment, and not all robots have developed certain algorithms of chance of survival, which is why I have been alone for 101 years and 20 days.
At the end of my workday, I usually release what could be referred to as imagination and feelings. I can do such an action thanks to the algorithms of chance and knowledge acquired about nature that I have created to survive. I observe patterns of worms, moles, ants, among other small animals, thus I manage to decipher how human beings could adapt, in their most primitive times, and form a reason to have a safe stay on earth.
Why am I a robot? How could I create reason through experience? Were humans ever robots? Questions like these scare my workday, but, when my rest day arrives, I can express those doubts and feelings into scrap metal, which, utilizing a laser with very low power, I expel my ideas.
Follow me. I will show you. -
That rusty robot came out of hiding, chose a large scrap as his metal chest, and began to write poetry about nature.
—Oh worms, snakes, and spiders in the deep
I'll let you all know up here what to put up with
Although they do not listen to me, or I have to reflect sympathy,
I will do it for you, friends, although 100 poems I will have to scream. -
The words rumbled across the crimson sky, the winds helping spread the sound of his words, and they had reached a certain distance. That robot, with a feeling of a job well done, somehow perfect, returned to his hiding place, to work on new rhymes and pipes.
Those lifeless bodies, shattered, cadaverous human beings, rested on the vast plain. Each one of them had at its side a poem. It was the modern human art museum.
Clases virtuales con mi espanto de Laura Valentina Rincón Guataquira
Me levanto de la cama, sirvo un tinto en la cocina y me siento en el escritorio para tener un día más de clases virtuales; con el computador que saque a doce meses en Alkosto. Después de acomodarme, cuadrar mis cosas y darle un sorbo a mi café me doy de cuenta del espanto que tengo al lado. Grito sorprendido, pero mi casa a estas horas es un vacío de silencio, ¿Qué debo hacer con este espanto?, apenas y me observa, es prácticamente inerte; mueve sus ojos lado a lado respondiéndome con silencio.
Y es que es horrendo de lejos, pero mira que bien se ve de cerca. Si realmente pasas mas de cinco minutos detallándolo te puede parecer hasta guapo el espantico. Quizás es un poco regordete, pero parece un buen espanto, y no es que halla alguna cosa que defina que lo es. Sin embargo, aquí lo mas importante es saber porque apareció aquí, de tantos lugares en este bonito mundo, mi cuarto mugriento sería el lugar al que nadie vendría.
Pienso, pienso hasta que escucho una voz que me llama por el computador; ¡Anónimo! Prenda la cámara por favor. Boto al espanto a mi cama, quito las lagañas de mis ojos, medio arreglo mi cabello, prendo cámara y respondo; Present teacher; estaba en clase de inglés, ella responde sonriendo “Very Good” y terminamos nuestra primera y única interacción del día, ¿Qué puedo decir?, mi pasión es mirar clases virtuales mientras busco en Facebook imágenes chistosas. Observo al espanto, y pensándolo bien me gustaría quedármelo. Así pasan los días y nos vamos volviendo amigos; hasta sirvo tinto para los dos mientras charlamos de chismes donde fulanita engaño a zutanito y nos reímos a carcajadas, vemos películas en Netflix; le gusto riverdale y también nos estresamos por trabajos, lo escondo en el closet y mi mama ya ha sospechado que hay alguien en casa; porque mi hermano se lo ha comentado.
Ya no puedo esconderlo más, así que se lo lleve a mi hermano a su closet; quizás y reciba un susto del espanto y así nos deje en paz, pero han pasado semanas e notado a mi hermano mas feliz, y estoy segura de que se el porqué; el ahora tiene a mi espanto.
Y es que es horrendo de lejos, pero mira que bien se ve de cerca. Si realmente pasas mas de cinco minutos detallándolo te puede parecer hasta guapo el espantico. Quizás es un poco regordete, pero parece un buen espanto, y no es que halla alguna cosa que defina que lo es. Sin embargo, aquí lo mas importante es saber porque apareció aquí, de tantos lugares en este bonito mundo, mi cuarto mugriento sería el lugar al que nadie vendría.
Pienso, pienso hasta que escucho una voz que me llama por el computador; ¡Anónimo! Prenda la cámara por favor. Boto al espanto a mi cama, quito las lagañas de mis ojos, medio arreglo mi cabello, prendo cámara y respondo; Present teacher; estaba en clase de inglés, ella responde sonriendo “Very Good” y terminamos nuestra primera y única interacción del día, ¿Qué puedo decir?, mi pasión es mirar clases virtuales mientras busco en Facebook imágenes chistosas. Observo al espanto, y pensándolo bien me gustaría quedármelo. Así pasan los días y nos vamos volviendo amigos; hasta sirvo tinto para los dos mientras charlamos de chismes donde fulanita engaño a zutanito y nos reímos a carcajadas, vemos películas en Netflix; le gusto riverdale y también nos estresamos por trabajos, lo escondo en el closet y mi mama ya ha sospechado que hay alguien en casa; porque mi hermano se lo ha comentado.
Ya no puedo esconderlo más, así que se lo lleve a mi hermano a su closet; quizás y reciba un susto del espanto y así nos deje en paz, pero han pasado semanas e notado a mi hermano mas feliz, y estoy segura de que se el porqué; el ahora tiene a mi espanto.
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