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viernes, 30 de abril de 2021

Punto Cero de Diana Sofía Morales García

No, en el fondo sé que, si te volviera a ver, no aprovecharía el tiempo contigo.

La mañana estaba fría, supongo que tomé aquel triste suspiro que te recuerda que estás viva y salí a buscarte, sin pensar ni un segundo en encontrarte.

La calle, el cartón mojado, el olor a berrinche.

Tú sentada al otro lado.

Alguien que voltea la mirada mientras paso.

Personas que aumentan el paso y se quejan al llegar al semáforo.

El silencio incomodo que se formó cuando me senté.

El sonido de una moneda al caer y tú diciéndome: “Debe ser la suerte”. Mientras te ibas.

Sí, la vida solo es una constante despedida.

 

Soñé mi muerte de María Alejandra Castaño Tobón

Los últimos meses estuve revolcándome en pesadillas fúnebres de las cuales no recuerdo casi nada, solo cuando en los pasillos de mi mente salía corriendo, demasiado asustado para tener claridad de cualquier cosa, y después de esta escena despertaba petrificado de miedo, pero sin recordar por qué.

Cuando llegué a mi casa todo estaba en silencio como siempre, fui a mi cama. Comencé a cerrar los ojos y sentí que me observaban, me puse alerta, pero pensé que solo era mi mente jugando sucio conmigo, sin embargo, no pude evitar seguir asustado, entonces me puse de pie y recorrí la casa, pero no encontré nada; volví a mi habitación. Cuando entré casi me desmayo, un hombre vestido de negro estaba en mi cama dándome la espalda viendo hacia la ventana.

—Pasa, tenemos mucho de qué hablar.

—¿Quién eres?

El hombre se dio la vuelta y mi susto fue aún mayor.

—¿No me reconoces?

¡Era como verme al espejo, ese hombre tenía mi rostro!

—Necesito que hablemos, hace mucho que no me escuchas.

—¡No comprendo nada! ¿A caso estoy loco?

Intenté salir corriendo de la habitación, crucé el marco de la puerta corriendo y recordé esa imagen de mis pesadillas, esa escena en la que salgo corriendo demasiado asustado para tener claridad de cualquier cosa. Él me agarró del brazo con firmeza.

—Debes saber que no puedes escapar de ti mismo, nunca vas a huir de los deseos más profundos dentro de ti. Yo solo vine a mostrarte lo que en realidad quieres —me dijo mientras me enseñaba una cuerda con nudo dogal.

Me negué a recibirla, intenté huir, pero todo estaba oscuro, corrí, pero no sabía hacia donde, sentí que estaba acorralado, sentía que las paredes se acercaban a mí, oía el latido de mi corazón, sentía la sangre correr por mi cuerpo.

—¡No me sigas, déjame en paz! ¡Auxilio! Todo es una pesadilla más

Escuché una vos.

—No tienes razón para quedarte aquí —le oí decir mientras sentía la soga en mi cuello.

Me arrastró por la habitación, mi presión arterial fue en aumento hasta que comencé a adormecerme. Luego de un rato abrí los ojos (no sé exactamente cuánto tiempo pasó) y vi el que podía ser mí cuerpo, pero no era, yo no estaba colgado, era el desquiciado de hace rato.

Me di la vuelta y había dos policías.

—Los vecinos llamaron, dijeron que escucharon gritos a altas horas de la madrugada, temo que tardamos mucho en venir.

—Señor yo vivo aquí, este hombre vino a mi casa en la noche, me atormentó, en un momento me desmayé no sé qué pasó.

—¿Usted escuchó eso?

—Definitivamente usted está loco —respondió.

—Tiene razón, qué escena tan escalofriante. Qué cosa tuvo que pasarle para hacer eso.

—vaya forma de empezar el día ¿vamos por un café? —dijo el primero en tono sarcástico.

¡Me quedé ahí, si era yo! ¡quien estaba literalmente con la soga en el cuello era yo! Nadie me oía, nadie me veía ¡si hubiera podido volver a morir, lo habría hecho de pánico!

Volví la cabeza hacia donde estaba mi cadáver, entonces vi al otro tipo

—¿Vienes? Ya no tienes razón para permanecer aquí —me dijo.

Y lo seguí­­­­­­.

El salvador de los condenados de Sara Sofía Reyes Villamil

Databa el año de 1888; el señor D. Virgilio, un hombre con una moral admirable dirigida por la palabra de Dios. El incorruptible Virgilio, respetado por todos, tú los llevarás al reino de los cielos, una más. Palabras dichas al espejo mugriento que reflejaban una condena de sombras putrefactas, solo e inmóvil es el único y solitario testigo. En medio del fresco olor a pino y un manto verde oscuro, se lograba esconder una pequeña casa vieja de madera que guardaba a un señor de cabello blanco y manos temblorosas.

El día cedía ante la noche con una ligereza peculiar. Es hora de Salir, pensó; tomó un oscuro gabán, un sombrero negro, salió, miró el cielo y comenzó su camino. Se dirigía con una pesadumbre que brotaba desde sus entrañas al pueblo más cercano a deleitarse de las almas vagantes de aquel.

En la esquina de la calle se encontraba una mujer de voluptuosidad utópica, pecas que invadían sus mejillas y daban vida a las perlas dentro su boca y al intenso mar dominante en sus ojos; su belleza se convirtió en el deleite de los hombres, dedicada a vender caricias con el negocio más próspero entre sus piernas.

Uno, dos y tres pasos para llegar al pueblo, voy a buen ritmo gracias a Dios. Un paso más, Se decía a sí mismo mientras se acercaba el alba. Alzó la mirada y de expedita manera su cara cambio a una expresión de furia que escapaba por sus ojos. Putrefacta, yo soy el único tendrá piedad de ti, el primero en condenarte a la salvación. Pensó.

La luz sucumbió ante la oscuridad profunda en pequeño pueblo, Virgilio se adentraba cada vez más a las neblinas de su alma perdida. En la esquina, tras unos minutos de encantar a la deleitante mujer, esta lo calló con una mordida en sus labios, la cual poco a poco se transformó e innumerables besos cargados de pasión y bajando hasta su pantalón. Virgilio apretó su mano dentro de su pantalón. Es un regalo, tu recompensa, las únicas y verdaderas llaves del paraíso, cierra los ojos, dijo. La mujer sonrió, la sinceridad de su alegría acompañado con su ansia y espera por unos cuantos pesos para poder comer, reflejaba la vitalidad en su rostro que era absorbida por una desdichada vida ingrata. Al momento de apagar el azul llegó el negro, Virgilio sacó una pequeña y afilada navaja y sin dar oportunidad de un último parpadeo el puñal hundió sin misericordia alguna, marcando una fina, pero profunda línea desde su clítoris hasta su cuello y horizontal que atravesaba ambos pezones. Infame pecadora, te di las llaves del cielo, te di la compasión que nadie más te dio. Es por mí que vas a la ciudad de los cielos, es por mí que sé que encuentras la alegría eterna y el lugar donde habitan los dichosos salvados, yo fui creado por el poder divino, la suprema sabiduría y el primer amor, y solo Dios existe antes que yo. Ganaste el cielo con un sacrificio en nombre de Jesucristo.

… El incorruptible Virgilio, amado y respetado por todos. Tú los llevarás al reino de los cielos, una más.

La iglesia de Sonsón de Juan Carlos Pineda Bedoya

Un día en la mañana se apareció la tía Gertrudis. Venía con su cabello despelucado y fijaba su mirada en dos de los 9 hermanos. En Dora y Elena. Dos pequeñas que le temían a su tía. Era sábado en la mañana, y todos sabían con seguridad a que se debía la visita de la tía.


- He venido por Elena y Dora. Me las llevare mañana a la iglesia de 6 de la mañana. - Dijo Gertrudis sentándose. – Al otro día emprendieron el camino.


-
La tía Gertrudis se queda dormida, cuando hace el rosario, en ese momento salimos y nos ponemos a jugar afuera de la iglesia. - Dijo Elena.


- Perfecto.


Al llegar la tía Gertrudis, como era de esperarse, busco una banca donde no hubiese muchas personas, situándose a unos pocos metros de distancia de la puerta de salida. La tía Gertrudis empezó el rosario después del que padre diera la comunión. Elena y Dora prestaron atención cuando ella se retiró la camándula del pecho y empezó a contar las bolitas de madera tarareando un rezo, sin embargo, prestaban especial atención al movimiento de sus dedos huesudos, esperando a que se quedaran quietos, en ese momento significaba que ella se había quedado dormida. El momento no se hizo esperar y la tía Gertrudis paro el tarareo, y sus dedos se quedaron quietos. Dora y Elena se miraron, con aquella mirada cómplice, que indicaba que eran libres de salir y jugar ahora. Y así fue, salieron a jugar al parque, se divirtieron por unos escasos minutos, cuando sintieron que el suelo empezaba a rugir, un hombre que leía el periódico atentamente se detuvo, y miro a Elena y Dora como si el movimiento de sus inquietos cuerpos tuviera algo que ver, pero no. El piso empezó a tambalearse con inmensa fuerza, desgarrando los cimientos de la iglesia, el grito de las personas era ensordecedor, y el miedo de que algo aplastara a Elena y Dora se hizo presente.

- ¡Tírense en forma de cruz! - Grito el hombre. Sin discutir, ni pensar realmente, Elena y Dora se lanzaron al suelo simulando una crucifixión. El temblor no cesaba, y todo lo que había se venía abajo. Unos minutos después el temblor ceso por fin. Elena y Dora analizando lo que había acabado de suceder, vieron una cabeza decapitada rodando por el suelo, un brazo ensangrentado que apenas salía de los escombros de la iglesia. Ambas se miraron y pensaron casi telepáticamente en su tía Gertrudis. Había muerto. Sin embargo, para su suerte, la tía Gertrudis campante lloraba desconsolada en los hombros del padre, por la prematura muerte de las pequeñas niñas. Para suerte de Gertrudis, se despertó unos segundos después de que Elena y Dora zarparan a las afueras de la iglesia, y en medio de su preocupación busco a las niñas desesperada. La tía Gertrudis abrazo con fuerza a Elena y a Dora, y nunca jamás volvió a invitar a nadie a misa. Ni siquiera ella volvió. El hombre que leía el periódico, no se vio después del terremoto, por lo que Dora y Elena concluyeron que era un ángel.

Miedo de Jhon Sebastián Romero Meza

Amanezco en un oscuro lugar, estoy atrapado en un lugar que desconozco… Aterrorizado me levanto y comienzo a dar vueltas a través del lugar, poco a poco voy reconociendo cada pequeño detalle, ahora lo recuerdo; ¡Aquí es donde vivo! Vaya, siento una paz que comienza a travesar todo mi cuerpo mientras salgo a la ventana y siento un golpe de viento en mi cara. Pero, ¿es de noche? Aún la luna menguante se encuentra en el estrellado cielo y siento el olor de la oscuridad.

Decido prepararme un café, lo dejaré negro, sin azúcar, quiero sentir el amargo momento. Saco un pan y comienzo a comer, pero este sabe diferente, hoy es muy dulce para mí, no entiendo lo que sucede, debo salir corriendo y vomitar, no puedo más…

Han pasado algunos minutos, pero el reloj extrañamente se ha movido más de 5 horas, bueno, como sea, hoy quedé a hacer ejercicio con Alejandro y no puedo llegar tarde; Me alisto rápidamente y salgo caminando por mi barrio, cruzo diversos lugares admirando sitios que siempre habían estado ahí pero nunca me había parado a contemplar.

Ya llegué, no sé cuánto demoré, no tengo nada que marque la hora, espero que no sea tarde; ¡Oh! Ahí está Alejo, pero está con muchas personas, ¿quiénes son? Bueno, como sea, es hora empezar el juego.

Duró una hora y me sentí genial, aunque a veces me confundía un poco y acababa pasando el balón al otro equipo. Vamos a saliendo a comer algo y charlar.

Llevamos hablando 30 minutos y todos me miran raro, pero ¿por qué? Creo que es hora de irme, el ambiente se siente diferente.

Ya llegué de nuevo a casa, me sentí observado por el camino, una sensación extraña. El sol hoy fue diferente, me gustó; también amé ese pequeño encuentro con Kristoff (así le coloqué al perrito que me habló camino a casa, ¡era demasiado tierno!).

¿Qué ocurre? Ya es de noche y no sé qué más hice hoy, recuerdo saludar a mis padres cuando llegaron, pero lo demás está nublado. Ahora me observan los dispositivos electrónicos, todo es muy raro, ¡alguien me está vigilando! No sé qué quieren de mí, ¡pero que sepan que no lo obtendrán fácilmente!

Han pasado varios días y siento que ahora comprendo el mundo, cada pequeño detalle tiene un porqué, pero los demás parecen no entender; Están todos lo suficientemente ensimismados en sus vidas para no ver más allá; ¡Es que es tan obvio lo que veo! ¿Por qué ellos no lo pueden ver?

Me acabo de despertar, no sé qué día ni qué hora es, estoy en una habitación blanca, y… ¡Estoy amarrado a la cama! ¡Ayuda!

Siento que han pasado horas y nadie viene, aún cuando no he parado de gritar. Un momento, alguien está abriendo la puerta, es, es… ¿Mamá? ¿Papá? ¡Por favor ayúdenme, miren como me tienen!

Mis padres solo me miran y lloran, tienen una expresión de miedo en su cara, ¿qué es lo que ocurre?

Luego varios minutos me he logrado calmar, mis padres me dicen que esto es por mi bien, pero no entiendo nada, dicen que mi cerebro ha enfermado y que vivo en otra realidad. ¡¿Qué?!

 

Puente Río Mutatá de Santiago Salazar Ramírez

Bajo la luz del farol, tambaleante sobre la sombra del Nissan azul. Arranco despacio, despreocupado. Conducir por las calles vacías de mi pueblo, un pequeño placer en busca de otro cautivo adicto a este proceso. Algunos me miran de forma sorpresiva, otros mitigan su saldo cotidiano con miedo del extraño vehículo en barrios alejados. Esta vez era diferente: hombres pasando con sus botellas, mujeres en el burdel y perros aullando, combinado con la falta de luz en sus calles, agua residual cayendo como basura. El centro de atención era mi pequeño auto, sin pensamiento de las ocurrencias de un pueblo olvidado.

La vista desde arriba, la altura infinita que da con un paisaje inexplorado, el silencio perpetuo combinado con el ruido de sus autos y botellas. La atracción prohibida me obliga a parar junto al parqueadero, unas monedas y un billete arrugado puede convencer a cualquier tendero, como el que ahora mismo ando viendo. Con su cara arrugada, olor a cerveza tibia y cigarro barato. Sus ojos andantes, sus brazos que cantan proezas de otros tiempos y sus piernas faltas de ejercicio. Me retira de su parqueadero, no sin antes ofrecerme un boleto de la lotería de mi ciudad amada y querida, de sus competencias entre equipos de fútbol y de caballo.

Me retiro, paso ligero hacia la vista de un nuevo amanecer, con la brisa golpeando mi rostro. El aleteo de los pájaros, el sonido del río buscando su cauce y los peces nadando. ¿Cómo se atrevería un hombre a poder interrumpir el proceso tranquilo de la naturaleza? Encima del interés natural, siempre ignorando el cómo podríamos lidiar con la distinción de artificial y natural. En frente del fin, al lado de un nuevo inicio. ¿Cuáles han sido los pensamientos de aquellos inolvidables sujetos? No puedo recordar el nombre de la persona antes de mí, no tiene importancia alguna o maravilla de entender. Es intentar descifrar el qué los llevó al mismo lugar en donde ahora mismo estoy, es descifrar cómo la libertad se interpuso a la belleza de nuestro ambiente.

Caigo, ando perdiendo la claridad con la que antes veía todo. Solo quedarán los recuerdos malditos de la fornicación prohibida entre mis padres, los esfuerzos actuados para mejorar el apellido y mi paulatino reemplazo para la creación de un nuevo trabajo. El cómo solo iba a ser otra insignificancia del sistema, la reproducción de los errores plasmado como obra y gracia de la divina presencia. La hermosura de las desgracias, la felicidad maldita con mi carro de juguete. Gracias a Dios que me libera de un camino conocido y me lleva a mi nueva función, detener el cauce del río y esperar la muerte de algún animal.

Renazco en una nueva persona, solo espero poder tener la tan deseada imagen de Belva Gaertner en mi escritorio.

Un azar de sentimientos de Laura Isabella Ascanio Soto

Bastante difícil es contener mi orgullo al mirarte, como si fueses algo necesario, sin el cual no podría vivir. Abrazar tus ojos, por miedo a perder la calidez que me provoca tu mirada, como si ardiera aun estando en invierno. Montañas vislumbradas ante la esperanza que evoca tu recuerdo, a la espera de una señal, mínima e inconsciente. Aquella espontaneidad que te caracteriza hizo que confiara en tus palabras, las que hoy me tienen al borde de un mar de sentimientos. Hojas pálidas del otoño, denotan el cese de las alegrías que antes habitaban a mi alrededor, como si tu partida matase poco a poco lo bello de mi interior. Esto ya me lo esperaba, estaba escrito desde un principio, de que me alejaría de ti, aún en contra de mi voluntad, estaba destinada a ello. Ciertamente fui más inocente de lo debido, al enfrentarme con ojos cerrados a esta situación tan complicada, una pelea entre lo que quiero y lo que debo. Escapar con un afán único de liberación a lugares inciertos, donde no se limiten las formas ni los colores de nuestras almas. Nosotros, fruto del eterno elixir de la juventud y del frenesí interno que habita en nuestros corazones, nos arriesgamos a sentir algo más allá. Lo único que me queda, y debo decirlo con tono de desolación y melancolía; el aislamiento al que me veo sometida desde tu partida no ha dejado que florezcan como en antaño lo virtuoso de mi ser. Desierto está mi ser, lleno de vileza como si fuese arena, de crueldad en forma de tormenta e infamia, de una forma inexplicable me afectan nocivamente todo aquello que te representa. Apenas puedo pensar en tu partida, sentenciada a vivir sola en ésta oscura habitación.

La casa, Gildardo y yo de Leifer Hoyos Madrid

En momentos nostálgicos recuerdo aquella casa de tapia, con tejas de barro, un solar amplio y un jardín de buganvillas cercado, que iba casi hasta el cementerio. Hubiera querido conservar la casa. Era un niño la última vez que pise su cocina de tierra. Allí dejamos un domingo de pascua al hermano mayor de mi abuelo: Gildardo. Gildardo era una leyenda, el mejor con la peinilla, su fama y gallardía rondaba los territorios del Nordeste antioqueño hasta los altos de Zaragoza, donde según las malas lenguas están las mejores “brujas del mundo”. Lugar donde varias esclavas negras fueron remitidas a Cartagena de Indias por el tribunal eclesiástico de la Inquisición en la época de la Colonia, me imagino que, por deslenguadas, “Por no creer en Dios ni en Santa María”, como diría Don Tomás Carrasquilla en "Simón el Mago". Volvamos a Gildardo, él era el guardián de aquella casa, cumplía con todos los requisitos para serlo: silencioso, feroz y gentil.

Gildardo era mayor que mi abuelo. Debió nacer a finales de los años treinta del siglo XX y creció en medio de la Colombia bipartidista de los años cincuenta. Gildardo era un negro liberal, minero, que sacaba oro de las minas del Nordeste desde hace mucho antes que la Frontino Gold Company llegará allí. Gildardo al que apodaban Lucumí en los bares y cantinas, gareteaba bestias desde los ocho años y ayudaba a su mamá, una mujer negra, mulata, hija natural de un blanco que no las reconoció ni a ella, la mayor, ni a sus otras cuatro hermanas.

La casa de Gildardo, mi primera casa, esa que vivirá siempre en mi memoria, fruto de la unión de mujeres negras, sin marido, rebeldes, libertarias y cargadas de palabras. Es probable que la casa estuviera desde fines del siglo XIX. Un recuerdo potente sobre la casa y yo es que no puedo desligarla de la letra “Las Acacias” esa canción de Garzón y Collazos que me revuelca y que es un ritornelo como diría Deleuze, que trae esa infancia temprana a mi memoria, pero que deja un sabor amargo por ver este pasado ausente:

Todo ha muerto, la alegría y el bullicio
Los que fueron la alegría y el calor de aquella casa
se marcharon unos muertos y otros vivos
que tenían muerta el alma
se marcharon para siempre de esta casa.

Hasta que la muerte los separe de Julián Montoya Escudero

Estaba estudiando en Bélgica mi maestría en estudios de comunicación, llevaba 7 meses y mi único deseo era terminar para regresar a mi país, reencontrarme con mis padres, mi hermanito, mis amigos y el amor de mi vida con quien estaba próxima a casarme.

Soy Sandra y esta es mi historia.

Es enero del año 2009 y acabo de ingresar a la Vrije Universiteit Brussel, universidad ubicada en la ciudad de Bruselas, Bélgica. Había acabado de ganarme una beca y estaba muy emocionada pues me había esforzado mucho para llegar hasta aquí.

Han pasado algunas semanas y he hecho algunos amigos. Dos son mis compañeras de apartamento que son muy amables, con las que siempre salgo a comer, a bailar y hasta les comparto mi labial, pero cuando les he contado de Adrien, mi compañero Frances de clases que me insiste en salir, dicen que soy una exagerada por sentirme incómoda con su presencia.

Adrien no es un tipo feo, tampoco muy atractivo, no es muy inteligente pero tampoco es el más tonto de todos; realmente es un tipo corriente, sin ninguna especialidad o algo que lo haga diferente. Pero no me siento cómoda cuando me habla, cuando me mira o sencillamente cuando se sienta cerca de mí.

Me ha insistido muchas veces que salgamos, que le parezco bonita y quiere que le dé una oportunidad. Ya le he dicho muchas veces que tengo un futuro esposo que me espera en Colombia, pero a él no le importa y responde que me puede dar mejor vida que “el vendedor de droga ese”.

Han pasado 7 meses desde que empecé a estudiar, pero no pude terminar porque alguien ha decidido que mi vida debe acabar. Adrien es culpable pero sólo yo lo vi, solo yo sentí lo que es ser lanzada al mar del norte desnuda, atada de un ancla para que mi cuerpo no pueda volver a salir. Mi familia puede que ni sepa que ocurrió, a mi hermano menor lo voy a extrañar y a mi novio con quien me iba a casar, siempre lo voy a amar. A nosotros la muerte nos separó antes de decir: “acepto”.

Normal de Valentina Carrasquilla Arias

Ver a el cadáver de Germán en ese ataúd fue más impactante de lo que esperaba. Podía sentir las gotas de sudor saliendo por mis poros, como el aire se solidificaba en mis pulmones y la cabeza me daba vueltas. Total, estaba horrorizada. No le tengo miedo a la muerte, siendo enfermera en una unidad de cuidados intensivos, es algo que veo todos los días. Para mí, la muerte es tan cotidiana como desayunar. Pero esta reacción no era consecuencia de su muerte, me dolía que hubiese muerto, y más de esa manera tan trágica e inesperada, pero la muerte es algo normal. Lo que verdaderamente me hizo reaccionar de esa manera, fue que, al mirar el ataúd, vi a mi papá ahí, muerto.

—¡Se han equivocado de persona, él que está en el ataúd es mi papá! — pensé en gritar en ese momento. Pero la sensación, aunque parecieron tres horas, duró tres segundos. Mi papá estaba a mi lado, llorando a su sobrino, mientras yo lloraba a mi primo. Y es que Germán y mi papá eran demasiado parecidos, tenían la misma nariz respingada, las cejas gruesas, la manera en que se curvaban sus mandíbulas, y el puente de cupido parecía la copia de uno en él otro. Al ver su rostro pálido y sin vida, y sus labios blancos como la cal, fue como ver a mi papá ahí, muerto.

Tres años después, volví a ver a Germán, en una cama de hospital, muriendo de cáncer. Acaba de salir de una de las nueve cirugías, que le realizaron en su paso por La Clínica Sagrado Corazón. La última, por supuesto. Sus labios seguían tan blancos como la cal, y tenía los ojos cerrados tan pacíficamente, que resultaba imposible pensar que se volverían a abrir. Pero esta vez no me pareció tan normal, y el alivió nunca llegó. Porque no es posible morir dos veces, y Germán ya había muerto una vez. Y es que no hay nada más normal y esperable que la muerte, excepto cuando es la persona que más amas la que está en el ataúd, y la persona que más he amado en el universo es mi papá.

Clases virtuales con mi espanto de Laura Valentina Rincón Guataquira

Me levanto de la cama, sirvo un tinto en la cocina y me siento en el escritorio para tener un día más de clases virtuales; con el computador que saque a doce meses en Alkosto. Después de acomodarme, cuadrar mis cosas y darle un sorbo a mi café me doy de cuenta del espanto que tengo al lado. Grito sorprendido, pero mi casa a estas horas es un vacío de silencio, ¿Qué debo hacer con este espanto?, apenas y me observa, es prácticamente inerte; mueve sus ojos lado a lado respondiéndome con silencio.

Y es que es horrendo de lejos, pero mira que bien se ve de cerca. Si realmente pasas mas de cinco minutos detallándolo te puede parecer hasta guapo el espantico. Quizás es un poco regordete, pero parece un buen espanto, y no es que halla alguna cosa que defina que lo es. Sin embargo, aquí lo mas importante es saber porque apareció aquí, de tantos lugares en este bonito mundo, mi cuarto mugriento sería el lugar al que nadie vendría.

Pienso, pienso hasta que escucho una voz que me llama por el computador; ¡Anónimo! Prenda la cámara por favor. Boto al espanto a mi cama, quito las lagañas de mis ojos, medio arreglo mi cabello, prendo cámara y respondo; Present teacher; estaba en clase de inglés, ella responde sonriendo “Very Good” y terminamos nuestra primera y única interacción del día, ¿Qué puedo decir?, mi pasión es mirar clases virtuales mientras busco en Facebook imágenes chistosas. Observo al espanto, y pensándolo bien me gustaría quedármelo. Así pasan los días y nos vamos volviendo amigos; hasta sirvo tinto para los dos mientras charlamos de chismes donde fulanita engaño a zutanito y nos reímos a carcajadas, vemos películas en Netflix; le gusto riverdale y también nos estresamos por trabajos, lo escondo en el closet y mi mama ya ha sospechado que hay alguien en casa; porque mi hermano se lo ha comentado.

Ya no puedo esconderlo más, así que se lo lleve a mi hermano a su closet; quizás y reciba un susto del espanto y así nos deje en paz, pero han pasado semanas e notado a mi hermano mas feliz, y estoy segura de que se el porqué; el ahora tiene a mi espanto.

Ayer viaje en el tiempo de Carolina Álvarez Murillo

Un poco perdida le pregunté a una niña - ¿qué año es? -

La niña entornó sus ojos claros y me dijo -1989-

Tenía un poco de acento. «Debe ser pueblerina y no pasa de los 13 o 14 años; es bastante bonita» pensé. Interesada en saber cuál era la perspectiva de futuro en la gente de antaño, dije amigablemente:

- ¿qué quieres ser de grande? -

Ella sonríe y responde: -Profesora-

Me detengo por un momento, recordando algunos profesores que he tenido, pero más importante aún, en quien nunca pudo cumplir ese sueño. Empiezo a hacer cuentas: nació en 1975, vivió hasta los 13 en Urrao y luego migró a Medellín. Logró graduarse de bachillerato de un colegio exigente, entró a una universidad privada. Su padre le financiaba el estudio, hasta que falleció. Al final no pudo continuar por falta de recursos.

Y a pesar de todo, hizo 4 semestres con promedios altos; ni siquiera estaba estudiando lo que quería y aun así se esforzó mucho. Con dolor, le preguntó:

- ¿Podría saber tu nombre? -

Duda un segundo, pero por alguna razón, responde, confiando en mí -Carmen Elena-



Uno, dos, tres segundos. De repente suena una campana y pierdo el conocimiento.

Abro los ojos, observo mi alrededor. Volví, pero no quería hacerlo. Siento algo húmedo rodando por mis mejillas. Quiero volver y ayudarla, quiero cambiar las cosas, quiero que su vida no sea tan dura, quiero que mi madre sea feliz…

 

Fallo en la Memoria de Daniel Vélez Vélez

Cuando despertó, no recordaba nada. Tras intentar moverse, sintió un agudo dolor en su costado, por lo que se incorporó con cuidado. Cuando pudo pararse y observar el panorama, un profundo terror lo invadió: en medio de la carretera en que se encontraba, casi desierta, yacía junto a él un cadáver. Boca abajo, el cuerpo de un sujeto, con sangre en el cuello y ropas mugrientas, lo dejó atónito. Se tapó la boca, se agarró los cabellos, maldijo al aire e intentó buscar algo que le permitiera saber qué había ocurrido, pero parecía ser que el cuchillo ensangrentado que se encontraba en el suelo había sido el único testigo.

Sintió curiosidad por conocer la cara del difunto, pero aunque deseaba saber qué había pasado, temía que su rostro le revelara una noticia que no quería descubrir. Mientras mantuviera su conciencia ajena al suceso, no podría más que asumir su inocencia. Si bien no recordaba nada sobre sí, sabía que era una buena persona. De ese modo, decidió que era momento de actuar, antes de que alguien pudiera aparecer y suponer algo equivocado. Así, optó por arrastrar el cuerpo sin vida unos metros bosque adentro y esconderlo, para irse del sitio que pudiera implicarlo de alguna forma con aquel deceso, y luego pensar con más calma qué hacer.

Tomó el cadáver por las costillas –asegurándose de no verle el rostro- y, justo cuando lo acercaba a un robusto árbol, quedó inmóvil al percibir la presencia de dos albañiles. Durante un eterno instante, las miradas de los tres sujetos se encontraron, y una profunda desesperación invadió al hombre sin historia. Sin pensarlo, soltó el cadáver con la intención de alzar sus manos, pero estas ya estaban bañadas en sangre.

Cuando los albañiles salieron corriendo, como por instinto, salió tras ellos sin saber muy bien qué iba a hacer. - ¡Alto! –gritaba-, ¡No he hecho nada!, continuaba, ignorando el tono macabro y turbulento que su voz transmitía. “Soy inocente, no puedo dejar que me inculpen”, pensaba con desesperación para sí al mismo tiempo. De repente, se originó el contacto; cuerpos forcejearon en el piso, sangre brotó de los cuerpos.

El hombre sin pasado se levantó, entre lágrimas de rabia, a maldecir lo ocurrido. Para sí, él mismo no había sido más que víctima de la memoria.

Vigilante de María Alejandra Arteaga Álvarez

En una noche fría, Juan se despierta por una chaqueta. Al volver a la cama se da cuenta que la luz seguía encendida, por lo tanto la apaga.

Al otro día le llega una llamada en la cual le comunican que ha causado un gran accidente con 200 fallecidos.

Juan había apagado la luz del faro.

Instantes de una vida de Verónica Mejía Acevedo

Morir no fue la sensación más fuerte que había tenido. Fue lenta y cubierta de una incertidumbre que no se calmó hasta que murió, pero no fue el impacto más grande de su vida. Era paradójico pensar que su muerte fue un hecho insignificante para su vida, pero lo era, porque había vivido tantas emociones intensas con mucha más conmoción que su muerte. 

La primera emoción fuerte que podía recordar ocurrió cuando tenía 3 años, su madre entró por la puerta con su hermano en sus brazos y de un día para el otro su enorme estómago desaparecido cuán si fuera magia. Tenía 3 años cuando sintió por primera vez ternura. Fue una explosión abrumadora en su cabeza, pero cuando vio esa cara arrugada y rojiza se prometió ser el héroe que siempre necesito y pudo serlo.

La segunda emoción ocurrió en alguna semana escolar a sus 15 años. Rompió las mariposas en su estómago cuando vio por primera vez a un chico de ojos marrones. Su corazón latió tan rápido y contundente que sus oídos lo embriagaron con ese incesante pálpito. En ese momento no lo sabía, pero estaba enamorado. 

La tercera emoción ocurrió a los 28 años. Un tiempo largo que pasó entre la universidad y que se sintió como una perdida de sí mismo en función a la vida académica, consiguió un empleo de bajo salario y un apartamento con paredes mohosas que se pudo permitir, pero aquello era suyo y cuando compró por primera vez una pequeña nevera con su salario, el orgullo estallo tan fuerte que despertó años de sentimientos reprimidos. No era la vida de éxitos que siempre planeó, pero le era suficiente para vivir como quería. 

La cuarta emoción sucedió al cumplir 35. Su madre de pocas enfermedades murió de repente. Ella fue longeva en sus tiempos y solía bromear sobre como ninguna vacuna sería más fuerte que sus defensas campesinas. Se encontró con su hermano en el funeral, sin estar muy cerca lloraron en compañía y reconoció que nunca experimentó tal tristeza. 

La quinta emoción ocurrió cuando tenía 46 años. Su hijo, un niño apenas entrado a la adolescencia fue arrollado en la carretera de su escuela, recibió la llamada desde su cómoda oficina en el centro y seobligó a correr por las autopistas hasta llegar al hospital. Y aunque el niño se recuperó sin heridas graves, él solo pudo reconocer el miedo que se aferró por meses. 

Y luego murió, a esa edad donde las canas ya dejaron de crecer. Murió en cama una noche como la mayoría de personas desearían morir, con el dolor escaso y una inconsciencia a penas lograda. Murió, pero podía reconocer que no había sido el momento que más sintió. Quizás ese sentimiento se había relegado al duodécimo puesto de su vida, y aun así, pensó que no era necesario reconocerlo. 

Después de todo, y como dicen por ahí, la muerte es un asunto más de vivos que de los muertos, y a él ya no le importaba.

Autoayuda a las patadas de Andrés Felipe Rendón Arango

Ahí, de pie viendo a un Mí mismo arrodillado y temeroso, perdido en mi existencia; solo visible en un Otro tan externo que no nos diferencia. Tal posición de debilidad que pide ser usada, me exige patear a Mí mismo arrojándolo al suelo, dejándole expuesto, en su lugar más temido. En el más profundo de los sufrimientos Mí jadea y se retuerce sumido en la pena, en sus alaridos se vislumbra un problema; cuál, no puedo saberlo; entenderlo, no es posible; enfrentarlo, ¿quién podría? Solo queda acudir a ese Otro en que veo un Mí desgarrado, aunque tal Otro me desfigure y me cause un dolor casi tan grande como el que Mí enfrenta. No se puede vivir en tal pena.

El más grande de los gigantes, tan real que solo existe ente el tormento mismo, ese gigante llamado Suicido. Y es que cuando Mí se postra frente a tal gigante, su sufrimiento es falta y necesidad del goce más puro y dulce. No lo comprendo, no lo veo, es tan real que no puedo imaginarlo; no soy digno de deleitarme en el seno de ese gigante. Un Mí prohibido de su goce no tiene opción más que odiarme. Me odia y no lo culpo porque lo cohíbo de algo que no entiendo. Pero junto a tal odio surge un deseo, el deseo por la muerte, que solo se consigue a través de la vida. Si esta no es autoayuda para un Yo y un Mí de ocho años, no sé qué pueda serlo.

El cuento que empieza en la nada y termina en el todo de Melissa Ocampo Avendaño

Déjenme decirles que no había nada, absolutamente nada, aunque bueno, pensándolo muy bien la nada también es algo, ¡algo que se puede llenar!!

Y fue tan perfecto y caótico que se salió de control, de repente quarks por aquí y quarks por acá, seis quarks extraños y encantadores, que entre choques bailes y unas cuantas cervezas, con tanto derroche quedaron unidos, siendo ahora neutrones y protones, de lo mucho que se agradaron, bailaron y bailaron esta vez con mucho cuidado, ¡quedando así enucleados!!, y que maravilloso por que así se formaron los primeros átomos, pero debo estar extasiado pues la verdad esto paso en menos de lo pensado, sin embargo todo era muy oscuro, entonces los fotones (unas cositas que tienen que ver con la luz) se desplazaron por todo el universo, y después de mucho viajar y chocarse se formaron las primeras estrellas.

Esos puntos brillantes que vemos bajo la noche fría y oscura, ahí es donde ocurre la magia, donde todo sucede, donde todo es posible, gracias a su energía tenemos 118 átomos, cada uno diferente, diverso, gordo, flaco, tenemos de todo, algunos más brillantes que otros, algunos más reactivos, sin embargo, todos igual de importantes, bueno, aunque unos más abundantes que otros, y uno que otro más canoso y sabio.

Tanta revolución y energía con tantos personajes se agruparon en galaxias, hermosas sí que son, también con tanto gas y polvo, se formaron planetas, donde muchos átomos decidieron vivir, y miren que hermosa decisión, todo estaba en la posición correcta, estábamos cerca de una estrella en el punto exacto, teníamos la temperatura variante perfecta, y no solo eso, uno de los lugares más perfectos para así dar el siguiente paso en la mayoría de los matrimonios, se dio paso a la vida,

Estos mismos átomos están en ti y en todo lo que tocas y miras, lo que percibes y sientes, y ahora ¿te sientes parte del universo?

Soy yo Martina de Valentina Sánchez Cañas

Subía la montaña como todas las mañanas en mi mente transcurría el mismo pensamiento no voy a poder, no soy capaz de seguir, sin embargo, lo lograba. Yo siempre logré todo lo que quise en la vida hasta sin darme cuenta menos vivir, él me arrebato la vida, el amor de mi vida, él que me acompaño por 20 años, él me mato y yo grite, rasguñe, mordí, luche con todas mis fuerzas, pero ello no basto, soy una más en un país que no tiene justicia pertenezco a una cifra, todos creen que lo abandone, que abandone a mis hijos, todos creen que soy feliz.

No luchan por encontrarme porque él los engaño, me mato para ser feliz con ella, me mato a mí y a mis sueños, mis proyectos y mis metas, mato a mis hijos al dejarlos sin su mamá. Yo lo veo todo desde aquí, pero ellos no me ven, les dejo señales, pero ellos no las siguen, no las entienden igual que yo él nunca me pego siempre fue un hombre admirable, un caballero, siempre fue el mejor construimos juntos una familia, un hogar a pesar de que fuimos padres muy jóvenes, estábamos juntos desde los 15 años, a los 17 tuvimos gemelos, pero logramos terminar la universidad, compramos una casa a los 25 y tuvimos una hija, éramos una familia de portada, logramos muchas cosas en un muy corto tiempo en un país de tercer mundo donde el día a día es cuestión de sobrevivir.

Algo en él cambio comenzó a gritarme, me hacía sentir fea, que no valía nada, empezó a decirme que era muy poco para él, pero yo lo amaba mi pecado más grande fue amarlo y lo ame más que a mí misma, nadie lo sabía o al menos eso pensaba yo, él ya no me amaba, él la amaba a ella, él quería estar con ella y me mato por amor a ella, por una mujer que era casi perfecta, dejo una carta con mi firma donde afirmaba que iba en busca de nuevos aires, que necesitaba un tiempo todos lo creyeron, ella lo consoló y al año de mi muerte se fueron a vivir juntos, mientras yo ya era huesos y polvo él era feliz, era porque me encontraron, era porque no existe un crimen perfecto ni felicidad completa.

Encantada de Ana María Giraldo Flórez

Son las 2 de la mañana y aún no concilio el sueño. Todo está oscuro, siento el calor de su cuerpo a mi lado, si tan solo el supiera lo que siento por ti. La única cosa que pasa por mi cabeza es ¿me quieres? Han sido días difíciles, de sonrisas fingidas, de conversaciones forzadas, lo único que me reconforta es el pensar en poder volver a sentir el dulce calor de tus labios sobre mi piel.

Al despertar él ya se ha ido, corro a la ducha impulsada por la emoción de verte otra vez, faltan muchas horas, pero no puedo negar lo que siento por ti. Le escribo una carta con lágrimas en los ojos, no puedo seguir sosteniendo esta mentira y le confieso todo. Le entregué lo que nunca podré entregarte a ti y no merece este acto de cobardía, pero estoy huyendo de su vida, dejando todo atrás por un deseo incontrolable. Le confieso que aún lo amo, porque lo amo, le dejo saber que estaré para el cuándo me necesite, sin embargo, no hay amor que una a nadie eternamente y sé que no me perdonara haberme entregado a otra piel.

Al entrar a la oficina recibo tu mensaje, ya la habías dejado, todo estaba solucionado, a partir de hoy no tendríamos excusas, pasaríamos una última noche aquí, en nuestro escondite, donde tantas veces nos hicimos uno, luego, partiríamos a recorrer el mundo y cumplir todos nuestros sueños. Te respondí que te explicaría después lo que hice, te dije que mis cosas estaban en el carro, confirmaste lo mismo de las tuyas y quedamos de vernos en la misma habitación, en el mismo hotel. Al salir del trabajo nunca pensé lo que me esperaría. Mi último día en la oficina fue muy sentimental, mis compañeros siempre fueron excelentes colegas y sus abrazos reconfortaron el dolor de lo que estaba dejando atrás.

Fui la primera en llegar, la recepcionista supo que habitación entregarme, pagué la noche para subir a esperarte. Al llegar a nuestro lugar recibí tu llamada, llegabas tarde, no habías podido terminar tu último día de trabajo a tiempo, no sospeché nada, me recosté y me quedé dormida unas horas, desperté esperando encontrarte a mi lado, no era así, pero encontré tu mensaje que ya estabas en camino.

Te vi entrar a la habitación luciendo de una manera que nunca conocí en ti, tu respiración agitada, tus ojos oscuros y desorbitados, tus labios apretados y tu pelo desordenado, no dijiste nada, solo te quedaste ahí, mirándome fijamente. Pasaron unos segundos antes que pronunciaras palabra, yo solo podía sentir miedo al verte así. Sacaste el arma y me apuntaste, dijiste que me amabas, pero que no podías dejarla, que preferías perderme a mí que perder lo que ya tenías con ella, lo último que escuché fue los disparos, luego me empezó a arder el pulmón derecho, me faltaba el aire y me empecé a ahogar. Fuiste directamente a la puerta, me miraste con dulzura y vi como tus labios pronunciaban un te amo. Solo espero que él, mi verdadero amor, cobre venganza de mi partida. Ojalá algún día pagues este crimen y yo deje de lamentarme haberlo dejado por ti.

Lamentaciones de un primíparo en pandemia de Juan Esteban Sánchez Pulgarín

No recuerdo mucho de ese lugar; en ese tiempo no le daba tanta importancia, pero si recuerdo cuán grande era, estaba tan lleno de gente. Hoy puedo decir que estudio en la mejor universidad de Colombia, sin embargo, solo he visto fotos y círculos en una pantalla; mientras habla alguien del más allá. Todas las noches me imagino cómo será el primer día; disfrutaré perderme buscando mi salón de clase.

Ganadores del concurso

Primer puesto  Soplo divino de Pablo Antonio Sueche Kanube, estudiante de Ingeniería Física. Segundo puesto El zancudo de Nicolás Alejandro ...